Casar de Caceres

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7/12/13

Hasta siempre Madiba

Ha muerto Nelson Mandela. Después de una larga enfermedad Madiba nos ha dejado a sus 95 años de edad. Todos los defensores de la libertad y los derechos humanos nos sentimos hoy un poco huérfanos.
 Con la muerte de Nelson Mandela desaparece una de las grandes figuras políticas del siglo XX. Desde sus inicios, en las juventudes del Congreso Nacional Africano, su objetivo fue la lucha contra el apartheid, lo que le ocasionó una condena a cadena perpetua de la que cumplió 27 años de prisión, la mayoría en el penal de la isla de Robben, donde era el preso 46664.
 Las secretas negociaciones con el entonces presidente de Sudáfrica, Frederick de Klerk, y la presión internacional a Sudáfrica, sentaron las bases, en primer lugar, del fin de la segregación racial y después de la celebración de las primeras elecciones democráticas que llevaron a Mandela a la presidencia del Gobierno sudafricano. Mandela y de Klerk recibieron el Nobel de la Paz en 1993.
 Su objetivo, como presidente de Sudáfrica, fue eliminar todas las injusticias hacia los negros, productos de los años de la segregación racial y conseguir la reconciliación nacional entre la mayoría negra y la minoría negra,
Su no apego al poder le llevó a retirarse de la política tras su primer y único mandato presidencial. Aunque eso no le apartó de la lucha en favor de los más desfavorecidos, como la lucha contra el SIDA o la erradicación de la pobreza en Arica.
 Personas como Mandela nos hacen ver el mundo de diferente manera y nos reconcilia con esa casta de políticos que de verdad luchan por las defensa de los intereses de sus conciudadanos, sin esperar nada a cambio, No queda su legado, sus hechos, su ejemplo de lucha, sus escritos y discursos y sobre todo su gran humanidad. Nunca le olvidaremos, porque su ejemplo estará siempre con nosotros

17/12/12

Los piojos de Luis XIV

Luis XIV de Francia, el conocido como El Rey Sol, que también reinó en Navarra, todo sea dicho, era un hombre poco aficionado a la limpieza. Pero no era este un mal exclusivo del rey, sino que él era más bien el representante, el máximo representante incluso, de la forma en la que se vivía y se veían la cosas en los lejanos días del siglo XVII.
 El rey de Francia se bañaba únicamente bajo receta, es decir, cuando el médico le aconsejaba que tal paso por el agua era saludable. Y es que en aquel tiempo no es que se pensara que el baño era una pérdida de tiempo y una inutilidad, sino que se tenía por algo contraproducente y perjudicial. Luis XIV se conformaba con asearse cada mañana la cara con un algodón impregnado en alcohol o incluso en saliva, como haría cualquier gato.
 ¿Y cuáles eran las consecuencias de la falta de higiene? Pues muchas, como es lógico, pero una de ellas era la aparición de pequeños bichitos como los piojos que además encontraban un paraíso cuando la moda obligaba a llevar unas enormes pelucas. Bajo esas enormes cabelleras falsas estaba la real, tapada y llena de estos insectos. De hecho, en aquel tiempo era común que estos hombres y mujeres de la alta sociedad llevaran una pequeña mano de marfil al final de un largo mango, que tenía como finalidad el rascarse la cabeza por debajo de la peluca, allá donde el piojo gobernaba la cabeza del rey de Francia.

6/12/12

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes)

La obra cumbre de nuestras letras es todo un compendio de enseñanzas morales, que relucen tanto en sus dos principales protagonistas como en las bellas historias que el autor pone en boca de los inesperados personajes que conforman su «reparto». Y todo ello bajo la excusa de una crítica feroz a las novelas de caballerías.
 Don Alonso Quijana, trastornado por la lectura de estas, toma conciencia de ser un caballero andante, institución anacrónica en los días en que vive. El disparate tiñe todas sus acciones desde que decide partir, sin rumbo fijo y a lomos de su caballo Rocinante, de su pequeño pueblo manchego para deshacer entuertos, siguiendo el ejemplo de sus predecesores.
 Como buen caballero andante, se procura los servicios de un escudero, encomendando esta gloriosa misión a Sancho Panza, un vecino caracterizado por las múltiples facetas que vamos descubriendo en su carácter: una simplicidad llena de sentido común, una combinación de sabiduría popular y marcada rusticidad, una desmedida ambición por el poder, que, sin embargo, no tiene necesidad de ocultar; una debilidad por el buen comer, el vino y la vida acomodada, una elevada dosis de picaresca y un corazón auténtico, que le lleva a decir siempre lo que piensa y a soportar indecibles tormentos antes de pecar de desleal. Es asimismo una factoría de refranes, los cuales evacúa por doquier y casi cada vez que habla, muy a pesar de su amo, quien le recrimina que los engarce siempre sin orden ni concierto, es decir, sin venir nunca a cuento.
 Se da en don Quijote una extraña paradoja: es un hombre tan versado en no pocas disciplinas, con especial acento en la filosofía, que a muchos oculta su locura cuando hace uso de la palabra, siendo sus hechos los que después descubren su falta de cordura. Y no es sino hasta sus últimas horas, en su lecho de muerte, cuando recupera la salud mental y aborrece las novelas de caballerías, que tanto lo habían trastornado. Después de expirar nuestro héroe, se pone fin a la segunda y última parte del Quijote, cuyo autor quiso dejar claro en el prólogo que le daba muerte para evitar que se volviera a mancillar el nombre de su andante caballero con burdas imitaciones, en clara alusión a la versión apócrifa de Avellaneda, surgida tras la publicación de la parte primera. El propio don Quijote de la obra cervantina tiene ocasión de hojearla, concluyendo tras su lectura que no podría escribir una obra peor ni proponiéndoselo.
 Miguel de Cervantes Saavedra vivió siempre pobre, a pesar de la meteórica difusión de su Quijote y la fama que este fue adquiriendo allende las fronteras de su ingrato país. Unos franceses que lo conocieron quedaron extrañados de que España no le hubiera procurado riquezas, pero manifestaron su deseo de que se mantuviera pobre si acaso era la necesidad la que lo empujaba a escribir obras como la presente.
 En efecto, siglos después de su primera impresión, pocos sitios quedan en el mundo en los que no se reconozcan estas palabras: «En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».

10/7/11

DON ANGEL RODRIGUEZ CAMPOS

En la película 'La Lengua de las Mariposas', Fernando Fernán Gómez, en su papel de maestro republicano, decía que España se podía salvar si una generación recibía una buena educación. Quizás eso es lo que ha pasado en Casar de Cáceres, que durante más de 40 años tuvo un maestro singular.
 En 1913 llegó a este pueblo el maestro Ángel Rodríguez Campos, con 29 años. Cuentan de él que había nacido en Mogarraz (Salamanca), que se quedó huérfano de padre y después, a los 7 años, murió su madre, algunos aseguran que falleció cuando estaba durmiendo con su hijo en un colchón en el suelo. El niño se educó en un orfanato de los Padres Paúles en donde tomó gusto al latín, la literatura clásica y el griego.
 A los 14 años asombró a Marcelino Menéndez Pelayo por su manera de hacer versos en latín. Más adelante asistió a las clases de Griego de Miguel de Unamuno con el que se llegó a cartear en esa lengua.
 En Casar de Cáceres siguió escribiendo prosa y verso en griego y latín, y fue entonces cuando se le dio en transformarse en una especie de reencarnación de Homero o Sófocles. Vestía con túnica, manto y sandalias. Se dejó el pelo rizado largo, que a veces sujetaba con una cinta de tela o con una redecilla, y en vez de llamarse Ángel pasó a adoptar el nombre de Helénides de Salamina. De esta guisa se puso a componer su gran obra maestra 'El Panelenio' que tardó en escribir siete años. Son 21.000 versos en los que cuenta la odisea del héroe Teucro hasta que funda Salamanca. La obra fue publicada por la Diputación en 1988. Tiene 665 páginas.
 Lo más curioso del caso es que si llega a pasar en otro pueblo, el maestro hubiera sido tomado por loco y le hubieran echado tras quejarse al gobernador civil. Pero en Casar respetaron a don Ángel, que se desvivía por sus alumnos. Con ellos formó un grupo de exploradores, e impartía clases al aire libre. Fue maestro hasta 1954. Llegó a dar estudios de Magisterios a tres discípulos. Enfermó y uno de ellos le acogió en su casa. Murió a los 72 años, el 26 de agosto de 1956. Las fiestas del Ramo de aquel año debieron ser tristes.