Casar de Caceres

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13/4/13

Monarquías bananeras

Si fuéramos a un país en el que una alcaldía, la plaza de catedrático de Universidad o el puesto de inspector de Hacienda fueran hereditarios de padres a hijos, casi todos diríamos que se trata de un estado al que le falta un hervor para la contemporaneidad. Nos referiríamos a esa nación con el adjetivo 'bananera', al que se le han añadido un par de acepciones al margen de la fruta y con matiz peyorativo. Es curioso que siempre se hable de repúblicas bananeras y no de monarquías bananeras, como si fuera poco disparate dejar la jefatura del estado en manos de una familia por los siglos de los siglos. Da igual que su abuelo apoyara la dictadura de Primo de Rivera o que el padre de su tatarabuela fuera un gañán impresentable como Fernando VII (y que me perdonen los gañanes por la comparación): todo el bagaje de sus antepasados lo contabilizan como gloria y mérito de su estirpe.

Pero la monarquía española va a ser muy difícil mantenerla mucho más tiempo, y solo la puede salvar la nostalgia de quienes gustan de cuentos de princesas y papel cuché. Las complicaciones judiciales, por no hablar de las andanzas cinegéticas, hacen casi imposible la defensa de un reinado que se inició con su designación por Franco. Desde entonces el silencio y el miedo han impedido un debate abierto y racional sobre la cuestión. Ahora esto no hay quien lo pare y llegará un día en el que podremos elegir a todos nuestros gobernantes y estadistas en virtud de sus méritos. Como decía la canción, podremos manifestar sin miedo que un rey no lo es por voluntad divina, sino porque sus antepasados se lo montaron divinamente.

9/4/13

El rey translúcido

Lo malo de la transparencia es que se ve todo y hasta los niños, sobre todo los niños, pueden ver que el rey está desnudo con sus vergüenzas al aire y no revestido con un traje invisible como en el cuento de Andersen El traje nuevo del emperador. La Casa Real es sobre todo virtual y proyecta, proyectaba, una imagen de honorable impecabilidad que trascendía a todos sus miembros. Protegido por una coraza de inmunidad, de impunidad, y arropado por arrullos cortesanos a izquierda y derecha, el rey que nos dejó Franco atado y bien atado ha vivido en un limbo dorado, ajeno a las críticas, reverenciado incluso por sectores que se definían como republicanos pero que no dudaron en abdicar de su republicanismo en pro del pragmatismo para apuntarse a una transición pactada. Transición venía de transigir y transigieron. Y escamotearon al pueblo que llamaban soberano su capacidad de decidir su forma de gobierno, presuntamente para preservar la paz que nos legaba Franco, mentor excelentísimo del nuevo rey y muñidor de una original reinstauración monárquica que se saltaba el sagrado orden dinástico.

 Durante muchos años (incluso pocos serían demasiado) cada vez que alguna voz aislada y consecuente sacaba a colación el dilema monarquía-república, otras voces autorizadas y autoritarias se aprestaban a resaltar la inoportunidad del planteamiento. Había temas más importantes que resolver, no era el momento, ya no hacían ruido los sables, pero la inestabilidad económica o la estabilidad social eran prioritarias. Hasta los comunistas habían avalado una Constitución que definía a España como un reino, aunque fuera una taifa del sur de Europa. La izquierda seguía siendo republicana en la intimidad, pero ni un paso más allá. Abundaban las disquisiciones del tipo: yo no soy monárquico, soy juancarlista o soy republicano, pero no lo digo muy alto para no discutir.

 Hoy la Corona solicita su admisión en la Ley de Transparencia, advirtiendo que habrá de ser una transparencia limitada. La Corona quiere ser translúcida para limitar los daños algo más que colaterales del caso Urdangarin y la imputación de una infanta, para frenar su vertiginoso descenso de popularidad y credibilidad. La familia real es disfuncional y las familias reales están obligadas a funcionar como modelo, paradigma de la institución familiar sin mácula. Los trapos sucios se guardan en el baúl de la tatarabuela Isabel que se fue al exilio por conducta inmoral y regresó, (parece que los Borbones siempre lo hacen) para seguir cabildeando en los albañales de la política de la época.

 Pero la ley de transparencia afectará con diferentes raseros también a los políticos y todos podremos revisar las cuentas que nos presenten, aunque no sus ajustes de cuentas. Expertos en contabilidad creativa y en maquillaje de cifras, los políticos nos mostrarán impecables balances de impecabilidad hasta el último céntimo, tan creíbles como los cuentos que en el día a día nos cuentan, juego de luces y de espejos que disimula en la oscuridad y en la opacidad, sus cuentas en b, en c y en x, sus fondos reservados en paraísos fiscales y sus fondos de reptiles. Si la transparencia fuera total tanta luz nos cegaría como una radiación nuclear, habría explosiones en cadena y quedaría devastada la devastada nación y las multitudes se lanzarían a las calles horrorizadas, indignadas y escandalizadas.

 Pero… ¡un momento! Las calles ya están a rebosar de multitudes indignadas, sin ley de transparencia el velo ha empezado a descorrerse y lo que ha quedado al descubierto (solo la punta del iceberg) ha desatado mareas de protesta en todos los frentes. Sus flujos, en esta primavera de crecidas, anegan los prados de La Moncloa y de la Zarzuela. Crecen las aguas del descontento y seguirán creciendo porque incluso los meteorólogos del Gobierno, los más interesados en ofrecer buenos pronósticos, sitúan en un horizonte cada vez más lejano los tiempos de bonanza. No son buenos tiempos para la opacidad, la sombra de Wikileaks y los papeles del Vaticano se ciernen sobre los guardianes de los secretos que pretenden inútilmente sustraerse de las redes y esquivar el bulto. La credibilidad de las instituciones se esfuma con los primeros rayos de luz. Si supiéramos todo lo que tendríamos que saber, todos seríamos antisistema salvo los que viven del sistema, que nos prefieren ciegos y enajenados